lunes, 22 de junio de 2015

II - El poder del orgullo.

-Cariño, es hora de levantarse...-decía dulcemente Ramona.
Pablo contestaba con un sonoro lloro, como era de esperar.
-¡Vamos, es ya tu primer día de guardería! -anunciaba Ramona.
Ese día, empezaría una gran aventura de la que todo niño no quiere salir. Allí conocería amigos y amigas increíbles. Tranquilos, hablaremos de ellos más tarde. Ahora viene un tema serio.

Orgullo: Exceso de estimación propia, arrogancia.
Os preguntaréis que pinta aquí esta definición. Bien, es muy sencillo. El tío de Pablo, Jose, era buena persona en el fondo. Tenía una coraza importante que solo podía romperse en caso extremo. La madre de Pablo, Ramona, no se parecía a él en este aspecto,solo en el carácter. La tía de Pablo, Cayetana, era una persona muy sencilla, agradable y similar a Ramona, aunque ella no aparece en este capítulo.

Después de esta breve introducción familiar, os explico el caso. Al fallecer los padres de Ramona, Jose y Cayetana, el piso en el que vivían quedó vacío, por tanto, esa vivienda quedaba en propiedad de los tres. Cayetana quiso desentenderse y quiso evitar los problemas. Un momento, ¿qué problemas? Este. Ramona quería el piso ya que tenía una relación sentimental para ella. Había pasado horas allí cuidando a sus padres junto a Gabriel. (Los padres de Ramona eran Julio, que murió en el 2003, y Dolores, que falleció en el 1998)
Jose dijo que se negaba a vender el piso a su hermana y familia por menos de la cifra que ofrecía una pareja de franceses. Algo injusto, ya que la madre de Pablo cuidó mucho de sus padres como he dicho anteriormente y puede que esa fuera su recompensa. No hablo de obtener el piso gratis, pero sí de adquirirlo por un precio más bajo. Pero no, a Jose le pudo la avaricia y vendió el piso a los franceses. Ahí empezó a romperse la relación entre Ramona y su hermano. Como dice el dicho, todo tiene un final. Efectivamente. Estuvieron meses y meses sin hablarse, hasta que finalmente, la coraza de la que antes he hablado se rompió. Ramona murió de cáncer, y hasta ese período trágico, Jose no le dirigió la palabra. Nunca sabré que fue lo último que le dijo. Quizá fue un menesteroso perdón, unas lágrimas desguarnecidas sin palabra ninguna, o un silencio que otorgaba la muerte. Ya era demasiado tarde. El orgullo lo había matado todo. A esto me refería cuando os definía dicha palabra. A esto me refería con el título del post.

Una historia con un final trágico, una historia que Pablo asimilaría con el paso de los años, una historia que escucharía tan solo una vez pero que le quedaría clavada para el resto de su vida. A partir de eso, Pablo sería consciente de lo poco que ayuda ser orgulloso.

[No valoramos las cosas que tenemos hasta que las perdemos.]

PD: El porqué del comienzo de este post (diálogo del principio) es para que os hagáis a la idea del contexto temporal. 2 o 3 añitos tenía Pablo.

Nos vemos el próximo lunes con el siguiente capítulo de Un pasado omnipresente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario