"Tal vez sufra innumerables desilusiones en el transcurso de mi vida, pero haré que ellas pierdan la importancia delante de los gestos de amor que encuentre", Aristóteles Onassis.
Siempre he pensado que lo malo es una prueba de lo bueno. Me explico. Has de ser partícipe del destino si deseas una recompensa. Sin quererlo, serás utilizado. Cuando te ocurre algo que no deseas, no te derrumbes, sigue firme ya que es posible que ese aguante tenga mérito después.
Un río sigue fluyendo a pesar de tener piedras, la luna sigue estando ahí aunque esté sola por las noches, Ramona seguía untando de crema a su hijo a pesar de tener cáncer, y Pablo seguía rígido interiormente aunque le costase la vida. A partir de los nueve años, Pablo encontraba poca luz en un túnel infinito. Con la ayuda de Gabriel y Marta, iba bien en el colegio y en sus amistades. Lo más duro era la prueba que le ponían algunos de sus amigos (sin maldad ninguna) en los patios. Tirarse encima suyo, pegarle collejas, etc. No os penséis que era bullying, ellos eran amigos de Pablo y lo seguirian siendo, pero la infancia es corta, y cada uno la aprovecha como quiere. Aún así, Pablo era feliz. Su hermana Marta dejó sus estudios para cuidar del pequeño, cosa que ahora Pablo le agradece. Gabriel seguía firme con la carnicería, y su mujer orgullosa de él a más no poder. Hubo poca ayuda por parte de algunos familiares hacia Pablo, pero él no es rencoroso. Pablo pasaba momentos difíciles en su infancia. Estar en un colegio religioso y ver como nombran el fallecimiento de tu madre aprovechando la temática de la religión, es duro, pero él no se quejaba. Ellas querían mucho a Ramona, y a su marido. No le faltó cariño a Pablo.
Después de estas enormes piedras en el río, Pablo seguía fluyendo. Más tarde saldría el sol, y menudo sol.
Nos vemos el próximo lunes con el siguiente capítulo de Un pasado omnipresente.