"En tres tiempos se divide la vida: en presente, pasado y futuro. De éstos, el presente es brevísimo; el futuro, dudoso; el pasado, cierto", Séneca.
Como bien decía Séneca, la vida de Pablo se divide en tres partes. El pasado fue duro. Tuvo un transcurso difícil en el que tuvo que superar muchísimas piedras. El presente está siendo bonito. Está viviendo una muy buena etapa. Salud no le falta, sus amistades son seguras y da y recibe amor. El futuro es desconocido. Nadie sabe qué le deparará ni cuando. Nadie sabe dónde acabará ni cómo. Ahí está la gracia de la vida. Periodos sucintos, irrefutables e irresolutos.
Pablo tiene clara una cosa. Su presente no lo cambia por nada, pero hay una parte del pasado que tampoco cambiaria. Gabriel lo es todo para Pablo. Desde que nació, este ha ido inculcando a su hijo todo lo que sabe. Le enseñó desde los modales y el respeto hasta ir en bicicleta. Con la perdida de su mujer, Gabriel fortificó su alma. Pasaba noches en vela, obviamente por la dura pérdida pero eso le hizo mejorar aún más si cabe como padre. Pablo fue creciendo y le tenía como referente. Gracias a él tuvo una buena infancia, movida pero buena. Cuando este ya era más mayor, Gabriel asumió el papel de padre 'enrollado' por así decirlo. Me explico. En esta época, los adolescentes quieren muchas más cosas de las que antes se querían, cosa difícil de asimilar para los padres. Pues bueno, Gabriel no lo podía asimilar mejor. A parte de una tremenda educación, él nunca negaba ningún plan a su hijo, cosa que hacía estar a gusto a Pablo. Pasaron los años y Gabriel conoció a Eugenia, cosa que mejoró la convivencia en casa.
Pablo se hizo más grande y ahora, sigue teniendo sus actuaciones de niño, pero como siempre, Gabriel sigue actuando de la mejor manera posible. Entre ellos dos, la relación fluía, fluye y fluirá perfectamente, como debe ser.
Gracias por ser un pilar fundamental en la vida de Pablo. Gracias por ser el mejor padre.
Nos vemos el próximo lunes con el siguiente capítulo de Un pasado omnipresente.