"El deporte no forja el carácter, lo pone de manifiesto", Heywood Hale Broun.
-Quizás que Pablo practique un deporte puede ser buena idea -decía Gabriel.
-Toda la razón. ¿Cuál? -preguntaba Marta.
-El niño quiere fútbol, pero creo que la natación seria lo mejor -contestaba Gabriel.
-Pues sí, vamos a decírselo -decía Marta.
Otra vez más, acertaron con la decisión. A Pablo le fue fenomenal practicar un deporte donde puedes relajarte y al mismo tiempo mejorar tu físico. Al principio todo era costoso. Todavía recuerdo ver a Pablo con el gorro blanco. Él no sabía nadar, pero en seguida aprendió. La natación era un deporte muy practicado en su familia. Gabriel iba a nadar por las mañanas antes de ir a trabajar para empezar bien el día, y Marta nadó durante su infancia. Nunca olvidará la peculiar enseñanza de Figueredo. Dos años que sirvieron para mucho. El aprender a nadar y a relacionarse era básico.
Después de este paso por el cloro, Pablo se encaprichó con el atletismo. Justamente dio la casualidad de que en ese época, Pablo era propenso a los esguinces, cosa que no ayudó. Su aventura en las pistas terminó en dos meses.
El fútbol sala también tuvo presencia. Durante tres años, en sexto de Primaria, primero y segundo de Secundaria, Pablo entrenava fútbol sala en el patronato del ayuntamiento. No competía, entrenaba y hacía un deporte. Esa era la intención. No estaba solo, Ernest le acompañó un año, Toni otro y Salvador unos días de 'prueba'. Eran buenos tiempos, pero no serios.
El fútbol base apareció en su vida en el verano de primero de Secundaria. Pablo decidió ir a entrenar. Tuvo dos lesiones en un mes, no había buena piña en el vestuario y tampoco le convencía el equipo en sí. A Gabriel le devolvieron el dinero y Pablo volvió al patronato, donde estaba más a gusto. Pero eso no acabó ahí. En 2013, Pablo volvió a apuntarse. Esta vez al Cadete del Vinaròs. Tenía muchos amigos en el equipo, como Javier, Salvador, Toni o Jaime. Esa temporada disfrutó a lo grande. Hizo un buen curso, aprendió mucho y sacó buenas notas, pero ahí se quedó este magnífico deporte. Pablo no quiso seguir en el juvenil (una categoría más para los incultos en el tema) debido a la constancia que requería primero de bachiller.
2015 empezó y con él la piscina. Pablo practicó durante seis meses dicho deporte, incluso en verano. Le fue bien para mantenerse en esa línea recta de la cuál nunca se saldrá. La magia del deporte, siempre tan precisa y tan oculta, difícil de verse con tan solo unos años de práctica.
Nos vemos el próximo sábado con el siguiente capítulo de Un pasado omnipresente.